COMO UN BUITRE EN EL DURATÓN

Más de 700 parejas de leonado encuentran su hábitat perfecto en el Parque Natural de las hoces segovianas, un espacio que aún vive de la resina y ha aprovechado el tirón turístico.

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“El mejor medio para conocer las Hoces del Duratón es la piragua, porque te permite integrarte en este espacio”. No le falta razón al alcalde de Sebúlcor (Segovia), Jorge Benito Sanz, un hombre volcado con el Parque Natural que atraviesa su pueblo, tanto desde su posición de regidor como de empresario vinculado al turismo. Pero quizá existe otro modo de disfrutar de este espacio, aunque esté lejos de las posibilidades humanas. Cuando se desciende la pequeña ladera desde el pinar de la población hacia el cañón de 120 metros que esconde el Convento de Nuestra Señora de la Hoz, el ser humano piensa en la utopía de volar, como lo hace una de las 700 parejas de buitres que allí habitan y que cuentan con un angulo de observación perfecta.

Sanz ha organizado durante los últimos 20 años rutas por el Parque, declarado en 1989, y que cuenta con 140 especies de aves, entre las que destacan las rapaces. Conviven, incluso, con las pinturas rupestres ubicadas a decenas de metros sobre el agua, en lugares de difícil acceso. Desde que esta franja de 25 kilómetros del Duratón fue protegida, entre Sepúlveda y el embalse de Burgomillodo, “se empezó a poner en valor el turismo”. “Aquí no podían faltar las rutas en piraguas por un lugar magnífico, que pueden durar hasta tres horas y media. Desde el centro del río vemos todo, nidos, la flora y la fauna...”, destaca.

Incluso, los monitores explican la historia del propio convento de La Hoz, ubicado al ras del agua, aunque parcialmente en ruinas. Sólo se puede acceder a él en embarcación o cuando cae el nivel del embalse. Ello se acompaña siempre con rutas a caballo y la suma de la gastronomía. En la zona existen cuatro empresas que ofrecen este tipo de servicios, una de ellas es la Jorge, que en verano crea 30 empleos. Por ello, como alcalde reniega de algunas políticas efectuadas en el parque, como la contratación de personal de fuera para labores de desbroce. “Tenemos gente en paro en estos pueblos. Vamos a darles una oportunidad”, se queja.

No tiene duda de que los tres puntos emblemáticos del espacio natural, que tiene 5.000 hectáreas, son los conventos de La Hoz, en Sebúlcor, y San Frutos, en Carrascal del Río, debido a sus vistas inusuales, así como el Portillo de la Pez, la playa de acceso a las piraguas. También la Cueva de los 7 Altares, que ahora no es visitable. En ellos se respira quietud. El sonido del viento ayuda a una relajación absoluta alejada del mundano ruido.

Por ello, el turismo en las Hoces del Duratón es tan variado, porque existe patrimonio cultural, natural y ornitológico. Este último se ha incrementado debido a la atracción que ejerce el buitre leonado, que “anida en los cortados, a mitad de altura, y al que es fácil avistar”, como ocurre en el ‘Solapo del Águila’, un entrante en el que descansan numerosas crías.

“Aquí encuentran amplitud de ala para volar, tienen comida y están fuera de sus enemigos. Además, las corrientes térmicas les permiten planear y desplazarse hasta 50 kilómetros casi sin desgastarse”, explica Sanz. También hay una pareja de águila real, “que ya es un éxito porque es un animal muy territorial”. Es precisamente por la protección de las aves por lo que sólo se permite navegar en días contados de la semana.

“Hijo de las Hoces”

“Desde el neolítico hasta los romanos esto era el epicentro peninsular, porque cada 50 metros hay un yacimiento. Si investigaran, encontrarían neandertales, como en Atapuerca”. Alberto Tejedor ensalza así su terreno, su casa. Se considera “hijo de las Hoces”, en las que ha trabajado como guarda forestal durante 18 años, desde la declaración del parque, una decisión que “supuso polémica en estos pueblos por las prohibiciones que acarreaba”. Ahora se dedica a la explotación de resina.

Es un enamorado de los dos conventos emblemáticos, pero prefiere acercarse al desconocido “meandro abandonado”, camino de Sepúlveda, a bordo del Renault Kadjar. “Yo soy observador de la naturaleza, porque es la que sabe. Si la escuchas, entenderás la geología, la biología o la zoología. Eso me pasa con el Duratón”, ensalza durante el viaje. Al fondo, desde la altura, no muy lejos del puente romano del Talcano, se aprecia ese meandro originado por el curso divagante del río. La exageración de la curva durante miles de años ha provocado que los dos extremos del arco se volvieran a encontrar y dejaran aislada lo que parecía una isla para recuperar la trayectoria más corta.

A Tejedor le conocen en la comarca como ‘Cousteau’ en honor al experto marítimo francés. Se lo acuñaron de niño por su parecido físico y su amor por la naturaleza. “Con 14 años me escapaba al parque. Tenía localizados los nidos y puntos de pinturas rupestres. En algunos me la he jugado por su peligrosidad, pero nunca he tenido miedo al riesgo”, rememora.

La vegetación impide ver la Cueva del Cabrón, otro de los lugares preferidos de Tejedor, hacia donde en otoño se llega sobre un manto de hojas caídas de color ocre. Cerca, dice, están las ruinas de la ermita de San Julián, “muy similar” a San Frutos, pero “poco conocida”; y a la entrada de Sepúlveda, la ‘silla del caballo’, una roca inmensa que recuerda fielmente a la montura de los jinetes. Mientras se observa este punto, el zumbido de las cigarras y el olor liberado por decenas de plantas aromáticas alertan a los cinco sentidos, que ya no cesarán en su trabajo hasta abandonar el parque.


De repente, el aleteo raso de un buitre despierta la curiosidad de ‘Cousteau’. “Yo conozco a las rapaces por su forma de volar”, presume, mientras recuerda que en su etapa de guarda salvó a muchos pollos que caían al agua desde los cortados en sus primeros intentos. Eso suponía muchas veces problemas de higiene. “Su método de defensa es el vómito. Cuando les transportas en coche para acercarlos al nido, si te lo echan dentro, ya puedes echar colonia que huele un mes y es horrible”, explica entre risas. También muestra aprecio por el azor, el que “más impresiona”, y el búho real, que comen “hasta erizos”. Justo antes de despedirse, lanza una crítica. “Antes de 1989 había 250 parejas de buitres, pero había bastante alimento para ellos. Ahora se prohíben los muladares, pero hay más de 700 parejas, ¿qué quieren que coman?”, se pregunta.

La resina como recurso

Ahora, Tejedor es uno de los casi 900 resineros registrados en Castilla y León, la gran mayoría de los 1.200 que lo hacen en España. Segovia, y especialmente los pinos incluidos dentro del Parque Natural de las Hoces, suponen un importante peso. Aunque este año la campaña se presentó desigual y retrasada. Juan Carlos Martín, de Sebúlcor, es vocal de la Asociación Nacional de Resineros y da cursos teóricos y prácticos para que los jóvenes apuesten por la resina y no se abandone. “A la larga, el Parque Natural ha sido beneficioso para la gente, también para la resina”, asevera.

Forma parte de esos “niños” que nacieron con la lección aprendida. “Yo mamé esto en mi familia. Distingo los pinos sólo al verlos, por sus rasgos o por la copa sé si será más o menos productivo”, expresa. No es fácil, pues tiene 7.000 pinos en su explotación, que suponen 12.000 caras. Para ser rentable no debería bajar de un euro el kilo. A día de hoy, él lo cobra a 0,98 euros.

Además de ser el principal resinero del pueblo, Martín preside la Asociación de Amigos del Convento de la Hoz, “el lugar más emblemático del parque sin duda, principalmente por su ubicación”. Ahora se encuentran en plena lucha por consolidar las ruinas, “porque es la imagen con la que gente se queda”, a pesar de que San Frutos es el lugar más visitado.

¿Una cerveza vegana?

Llama la atención que en todos los bares de estos pueblos anuncian la venta de ‘Veer’, una cerveza vegana que elaboran desde 2009 en Sebúlcor Ignacio Ibáñez y Silvia Casado, quienes aprovecharon la posibilidad de una casa familiar para hacer un producto “ecológico, tanto la malta como el lúpulo, y que no es pasteurizado pero evoluciona vivo en la botella”.

Al ser una cerveza vegana no cuenta con elementos de origen animal. “Nosotros dos somos veganos y queremos aprovecharlo para difundir nuestros pensamientos y ética”, despacha Silvia, quien además destaca que su principal mercado es Madrid y la ubicación de las Hoces es perfecta. De hecho, cuando reciben visitas a la pequeña fábrica artesanal, las complementan con el Convento de La Hoz, “el sitio preferido”. De momento, elaboran 15.000 litros al año, que se comercializan en botellas de 33 y 75 centilitros y barriles de 20 y 30 litros para bares y ferias.

La máquina del tiempo

Además del parque natural, todo aquel que llegue al Duratón no puede dejar de acudir a Sepúlveda, conjunto histórico-artístico y, desde enero de este año, integrante de la Asociación de los Pueblos más bonitos de España. Allí se encuentra una de las tiendas más auténticas de España, la que regenta Ángel Antonio Jaramillo, con 86 años. Atravesar su antiguo portalón significa remontarse a principios del siglo XX. Incluso más atrás en la máquina del tiempo, pues el suelo es del XIX y el mostrador tiene más de cien años. “Si Dios quiere, moriré en la tienda”, acierta a decir. El paso de los años ha roto su voz. Ello no impide atender al cliente con suma atención y amabilidad: relojes de pared, cerámica, barro, productos de ferretería o higiene… “Aquí hay de todo. Es como una tienda museo”. De beber, sólo agua.

El establecimiento de ‘El Herrerillo’, apodo que heredó de su padre, ha sido almacén de pienso, bar, frutería y lugar de leña para cocinas. Ubicada en el centro del pueblo y visitada todos los años por miles de personas, la tienda de Jaramillo, ya gacho por la edad y con la inestimable ayuda de su bastón, enumera algunos de los objetos que más vende: los utensilios de barro. “¿Sabes qué pasa? Que vienen y no se les olvidan los bollos típicos. Pero nosotros no tenemos”, repasa con buen humor. Cree que la crisis “no ha pasado” y en su tienda se nota, a pesar de que sólo cierra tres días al año: Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Sobre la llegada de visitantes, señala que “siempre es bueno”, pero que también hay muchos “mirones” en la tienda y “no compran nada”. “Vienen y dicen que todo es muy bonito. Las Hoces y la tienda. Pero la palabra ‘bonito’ no da de comer”, sentencia.


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