SAN FRUTOS DEL DURATÓN, UN LUGAR DE LEYENDA Y MUCHOS PÁJAROS

Uno de los espacios naturales más asombrosos de Europa por la espectacularidad de su paisaje, pero también más mágicos por la cantidad de leyendas que se concentran en él, es el de las Hoces del río Duratón, en Segovia. Patearlo por alguna de sus seis rutas oficiales merece la pena. Recorrerlo en canoa es ya increíble, como he tenido la suerte de poder disfrutar gracias a una invitación de la Fundación Patrimonio Natural. Viaje que incluyó la visita obligada a un lugar cinco estrellas, el soberbio entorno donde se alza, cual castillo de la serie Juego de Tronos, el antiguo priorato de San Frutos.

Toma buena nota de la imbatible oferta: la colonia de buitre leonado más numerosa del mundo, uno de los últimos refugios de la amenazadísima alondra de Dupont, cuevas eremíticas visigodas, arte románico y un valioso patrimonio inmaterial de tradición oral que incluye luces espectrales, mujeres oveja, cayados mágicos, asesinatos y milagros mil. Por no hablar de la excelente gastronomía de estos lares. Para hacerlo aún más interesante a los amigos de las aves, San Frutos es conocido como “el santo pajarero“.

Voy a intentar resumirte tanta maravilla para que, si no conoces este parque, vayas pronto a visitarlo, y si ya has estado, repitas.

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Una garganta espectacular
Garganta que grita (la nuestra, de admiración) cuando llegas al mirador de San Frutos y ves la garganta (del río Duratón) hundiéndose un centenar de metros en el páramo segoviano dejando al descubierto bellísimos farallones calizos. Unos 220.000 visitantes se acercan cada año a contemplarlo. Para llegar es fácil. Sigue las indicaciones en Villaseca.

Es una de las seis rutas oficiales, aunque ten en cuenta que no todas son accesibles durante todo el año. Si optas por hacer el sendero a pie que va entre el puente de Talcano al puente de Villaseca, por la zona del río sin embalsar, del 1 de enero al 31 de julio solo pueden pasar, con autorización previa que te dan en la Casa del Parque, en Sepúlveda, 75 personas al día.

La ermita románica se alza en un cerrado meandro del río, que debido a la presa de Burgomillodo inunda el fondo del cañón. Y por doquier te sobrevuelan cientos de buitres leonados (Gyps fulvus), y no te exagero nada, pues con 722 parejas censadas convierten al parque natural en la mayor colonia reproductora de esta especie en toda Europa, y por lo tanto del mundo.

“Y pasan bastante cerca de los visitantes, que es la espectacularidad que la gente va buscando”, reconoce Raúl García, técnico de la Fundación Patrimonio Natural en Segovia y responsable de calidad en el parque natural de las Hoces del Duratón.

A los buitres les acompañan en los riscos alimoches, búhos y águilas reales, halcones peregrinos, chovas, roqueros rojo y solitario. En las duras parameras, donde todavía no ha llegado la expansiva sabina aprovechándose de la desaparición de los tradicionales rebaños de ovejas, sobreviven las últimas parejas segovianas de alondra de Dupont (Chersophilus duponti). En el río abundan la nutria y las garzas. ¿Alguien da más?

San Frutos pajarero
Frutos viene del latín, fructus, fructis, fruto. Al igual que Fructuoso. Se supone que este santo nació en la ciudad de Segovia hacia el 642 y murió entre estos peñascos el 715. El diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia muestra sus dudas sobre la existencia real de este santo ermitaño, patrono de Segovia, ya que no existen noticias documentales anteriores al siglo XV, pero poco importa. Según la tradición, decidió dar todos sus bienes a los pobres y huir al desierto castellano en compañía de sus hermanos, Valentín y Engracia. Eligieron como lugar de retiro unas peñas cercadas por el río Duratón, no lejos de Sepúlveda (Segovia), y cuyo difícil acceso y abundancia de grutas naturales las hacían muy aptas para la vida eremítica.

La ermita fue donada en 1076 por Alfonso VI a los monjes de la abadía benedictina de Santo Domingo de Silos (Burgos) para establecer allí un monasterio. Por esas fechas los restos del santo se llevaron a la catedral de Segovia. El priorato siguió funcionando durante siglos como lugar de meditación (pero también de castigo) para los monjes silenses, quedando finalmente abandonado con la exclaustración de 1835. En la actualidad, salvo la ermita, el resto de las dependencias están en ruinas.

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¿Era San Frutos un pajarero?
El apellido le viene de la celebración de su fiesta en Segovia, la noche del 24 al 25 de octubre.

Los segovianos esperan la llegada del día 25 ante la Puerta de San Frutos, una de las varias que tiene la Catedral, y que está presidida por una imagen del santo con un libro abierto entre las manos. A las 12 en punto de la noche, ya sea por devoción o por exceso de alcohol, se produce el milagro del Paso de la Hoja. Exactamente. Aseguran que el santo pasa página en su libro metálico.

Tras tan sobrenatural intervención sigue la fiesta toda la noche. Antiguamente había la costumbre de esperar a la amanecida para salir al campo a cazar pajaritos con cepos y liga. Que luego se comían fritos como aperitivo típico en los bares segovianos. Finales de octubre coincide todavía con el paso de miles de pequeñas aves migratorias por Segovia, atenazadas por el frío y el hambre del otoño. Así que, se suponía, el santo ayudaba a los pajareros a hacer buenas perchas con las que matar el hambre.

San Frutos se ha quedado desde entonces como pajarero, pero por suerte ese tipo de caza está prohibida desde hace ya muchos años.

El cayado mágico
Cuando caminas hacia la ermita de San Frutos es necesario cruzar un pequeño puente que separa el peñasco que lo separa de la tierra firme. Se conoce como “la cuchillada del Santo”.

Cuenta la leyenda que un buen día llegó un ejército musulmán a la ermita dispuesto a profanar la iglesia y matar al ermitaño. San Frutos les hizo frente, dibujó una raya en el suelo con su báculo, que al momento abrió una profunda grieta en la tierra. Al verla, los sarracenos no pudieron cruzar y huyeron despavoridos.

La mujer despeñada
En la puerta sur de la ermita puede leerse todavía hoy una sorprendente inscripción:

    “Aquí yaze sepultada una muger de su marido despeñada i no morio i hizo a esta casa lymosna de sus bienes”

Lo que lees. Parece ser que en el año 1225, un marido celoso llevó a su mujer a la romería del santo, y aprovechando que había tanta gente le dio un empujón para lanzarla al vacío y que muriera en castigo a su infidelidad. La mujer salvó la vida milagrosamente, así que además de, suponemos, mandar a la cárcel al capullo de su marido, donó todos sus bienes al priorato, cuyos monjes rezaron durante siglos por el alma de tan generosa despeñada.

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¿Quieres más leyendas? Pues pregunta en el cercano pueblo de Villaseca por la mujer oveja. Te señalarán el barranco de la Perdida. El lugar donde se supone que una tarde la joven Eulalia salió a recoger plantas aromáticas (vete a saber si no serían mágicas y/o brujeriles) y nunca más volvió al pueblo como persona.

Apareció meses después convertida en oveja. Y de rebaño en rebaño acabó llegando a las manos de quien fuera su novio, el carnicero del pueblo. Al ir a matarla reconoció en sus ojos a su antigua novia y gritó su nombre ¡Eulalia!

En ese momento la chica volvió a su aspecto humano, pero la cosa no terminó bien. En su ausencia el mozo se había casado con otra mujer, dueña de muchos rebaños de ovejas.

Amor fatal por las flores
Y no me resisto a terminar este texto sin contaros otra de esas historias mágico pirulis que tanto me gustan. No está publicada en ningún sitio. Me la contó Ángel Carreras, de la empresa de turismo activo Andatura, con quien tuve la suerte de recorrer en piragua el Duratón junto con un grupo de amigos periodistas. Dice así:

    Cerca de la casa cueva donde vivía Santa Engracia, la hermana de San Frutos, había un batán, un antiguo molino. Y al batanero le encantaban las flores, que había plantado por toda la orilla del río. Pero un día hubo un derrumbe de rocas que embalsó las aguas, y estas empezaron a subir ahogándole todas las flores, que ese hombre iba luego replantando ladera arriba. Pero las aguas seguían subiendo, subiendo, y al final desaparecieron las flores y el batanero. Y desde entonces aseguran las gentes que la noche del 24 al 25 de octubre, fiesta de San Frutos, se ve una luz en el agua. Es el batanero, que está recogiendo flores para llevarlas al día siguiente a la romería de San Frutos”.


FUENTE:
BLOGS 20 MINUTOS. LA CRÓNICA VERDE por CÉSAR-JAVIER PALACIOS
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