DON BONI, UN CURA RURAL

A principios de octubre de este año, subí a la web una fotografía del homenaje que le había hecho el pueblo de Sebúlcor a Don Boni, quien fue su párroco durante cuarenta años. La fotografía me la dio Conchita García, y me dijo que me la daba porque no había ninguna foto de Don Boni en la web, cuando me lo dijo yo recordaba haber visto algunas, pero no recordaba donde. Se lo consulté a Carlos y me dijo que fue en la revista "Amigos del Convento de la Hoz" donde se publicó un artículo sobre Don Boni con sus correspondientes fotografías que ahora, gracias a él os pongo aquí.

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76 años de edad, 50 años de sacerdocio, 38 años en Sebúlcor

(Reproducción del artículo publicado en la revista “La Actualidad Española” el 27 de febrero de 1964)

Elías, sacristán, hijo de sacristán, nieto y bisnieto de sacristán también, echó abajo la cuerda del campanario. Y tocó a Misa. Misa de diez. Luego, Elías, sacristán, hijo, nieto y bisnieto de sacristán, entró en la sacristía y le dijo al señor cura:
–Ya está, don Bonifacio.
Y don Bonifacio, que es el cura de Sebúlcor, en la provincia de Segovia, asintió con la cabeza y dijo: “Bueno”.
Empezaba a entrar gente. Mujeres, mujeres jóvenes, mujeres con el doblez de la edad sobre el cuerpo. Treinta y dos mujeres y un hombre. El señor cura de Sebúlcor tomó el raído bonete, deshilachado por las esquinas, golpeó sobre los hombros de Paquito y Juanito –monaguillos por la gracia de Dios– y salió para decir la Misa. La Misa en Sebúlcor se dice a eso de las diez de la mañana. A las nueve se levanta el señor cura. Cuando empieza la Misa, Elías, que es sacristán por vía paterna hasta la tercera generación, sube al coro y acompaña con armonio y voz la Misa del señor cura.
–Introibo ad altare Dei...
La iglesia casi se había llenado. Mujeres de negro, de negro subido, luces de cirios, altos como chopos, y la voz quejumbrosa, dolorida, del Elías, allá en el coro, acompañándose con el rezongar del armonio, que aunque es nuevo resopla de muy mala manera, ésa es la verdad.
La Misa termina pronto. El desfile de mujeres es espaciado, lento, todo de negro. Antes van los responsos del señor cura.
La mañana está bronca, gris, llena de nubarrones. Sebúlcor es pueblo de cuatrocientos y pico habitantes, en los llanos de la provincia de Segovia, entre los buenos enclaves de Sepúlveda y Cantalejo. Sebúlcor es tierra de resina y también de cereal y de leguminosas.
–Tenemos un invierno duro...
Don Bonifacio ha terminado los responsos. Sale a la calle apoyado en la “cayada”. Mira al cielo, lleno de nubes, áspero, cubierto de amenazas.
–Lo que decía, mal invierno...
Y echa a andar, despacito, hasta la rectoral.

Cincuenta años nos contemplan

El ama quiere poner un mantel blanco y bien bordado y don Bonifacio se enfada.
–Nada, nada de historias...
El ama forcejea y dice que siempre es mejor el mantel blanco de puro hilo que el hule verdoso y viejo.
–¡Quita, mujer!; aquí estamos en confianza...
Don Bonifacio tiene cerca de ochenta años. Cincuenta de sacerdocio y treinta y ocho de párroco en Sebúlcor. Don Bonifacio tiene una figura menuda, delgada; el rostro, redondo y apergaminado, y unos ojillos inquietos, traviesos, llenos de sana picardía... Tiene la voz un poco rota, pero el acento es vivo.
El ama ha perdido la batalla. Se queda puesto el hule verde y pegajoso.
–¡Oye!, echa serrín a la estufa esta...
Don Bonifacio Zamarro nació en Cantalejo, que queda a tres kilómetros cortos de Sebúlcor. A los once años se marchó para Segovia y se metió en el seminario.
–Esto es una inclinación, ¿sabe?, lo que se suele decir de la vocación. Uno se siente inclinado desde chico y no hay quien lo pare...
Estudió toda la carrera en el seminario de Segovia, menos el último año, que tiró para Valladolid.
–Cuatro años de Latín, tres de Filosofía y cinco de Teología...
El ama saca el vaso de café con leche –más blanco que negro– y una fuente redonda con galletas y pastas.
–¡Pero mujer!, cuánto café...
Mira hacia un lado, confidencial.
–Es que no tengo apenas apetito.
Entorna los ojos y pone un entrañable gesto infantil, de niño dolorido por una travesura. El ama se pone en jarras.
–Diga que no. Que no come por hacer un sacrificio... ¡Que lo sé yo!
Don Bonifacio vuelve a entornar los ojos.
–¡Que no, que tengo el estómago muy chico desde la operación!
El ama sigue hablando del sacrificio, de la cuaresma... Fuera, sopla el viento, que corre desde la sierra. Llega hasta el llano y aquí hace destrozos.
Don Bonifacio tiene un especial orgullo por ser hijo de Cantalejo.
–Mi madre quería que estuviese cerca de ella y por eso anduve primero en pueblos cercanos.
Un sorbo de leche y una galleta, que se rompe a trocitos.
–Pero yo, por mí, me hubiese ido lejos, a Misiones.
Se le rompe una sonrisa en los labios.
–...Pero ahora, ¡qué sé yo!, sólo estoy para ir tirando ¡y gracias!
Don Bonifacio ha recorrido los llanos de Segovia. Primero estuvo en Escobar de Polendos, luego en Encinas, después en Sepúlveda...
–¡Oiga!, esto es curioso, mire: desde que canté Misa, hace cincuenta años, siempre he tenido que decir dos Misas. Siempre he tenido más de una parroquia...

El santo y la borrica

Canta ya la media mañana. Vencida.
–A estas horas siempre suelo leer un poco. Folletos, alguna revista, los rezos...
Enciende un cigarrillo. En el pueblo le llaman cariñosamente “el padre pitillo”. Con el cigarro en los labios, caído ligeramente hacia un lado, don Bonifacio, tiene un entrañable aspecto de padre bueno, de viejecito inquieto. Echa una bocanada de humo gris y le dice al ama que retire todo aquello.
–¡Lo grande que es la Providencia!...
Suelta la exclamación y aclara:
–Digo esto porque me acuerdo que, de chicos, mi madre, que era una santa y murió de noventa y ocho años, nos cogió a los cuatro hermanos y nos dijo que había que tener devoción a un santo. Uno dijo que San Antonio, otro que San José, otro que San Miguel y yo dije que San Francisco de Borja...
Sonríe. Chupa el cigarro y luego entorna los ojos.
–...Resulta que yo había leído un libro sobre el santo y me impresionó la vida de aquel hombre, la forma como renunció al mundo y se entregó a Dios. Bueno, pues luego resultó que el día que canté la primera Misa coincidió con la fiesta del santo. ¡Lo que es la Providencia!
La vida de este hombre es, a grandes rasgos, la vida y el proceso de todos los curas rurales de España. La vida compartida con otro pueblo, los problemas típicos de cada parroquia. La lucha por convencer a las gentes de muchas cosas.
–Aquí, en los pueblos, hay creencias que ¡vaya usted a quitárselas! Es duro, duro. En Pajares, cerca de Rebollo, me hicieron ir un día a las viñas para que las curara de una plaga que tenían. Aquí, hasta hace poco, tocaban la campana siempre que se acercaba un nublao... ¡Lo malo es que entonces, en lugar de alejarse, caía el pedrisco de lleno!
Entra un sol muy débil por la ventana. El cielo sigue oscuro, agujereado a ratos.
–¡Hay creencias contra las que es muy difícil luchar!
Bromea, se pone serio. Todo a intervalos. Luego recoge el cigarrillo que se iba quemando en solitario en el cenicero. Bromea, se pone serio. Habla de los nublaos, del pedrisco, de ciertas inclinaciones populares, de imaginación calenturienta...
–El espíritu está por encima de todo...
Las cosas cambian, es verdad. Las cosas se transforman. Y cincuenta años de vida sacerdotal pateando senderos de aldea, cañadas, bosques y roca, da mucho para poder observar esa misma transformación de las cosas. Hasta hace muy poco tiempo, don Bonifacio visitaba los pueblos en su borrica. Una borrica que le regaló su hermano hace ya un montón de años. Cuando el obispo le quitó las parroquias por la edad, entonces vendió su borrica.
–Vendí el último pedazo de humildad, porque la borrica es humildad... ¡Siempre tendría que ser así! Jesucristo anduvo con ella; ¿por qué no tiene que seguir andando el cura? La borrica es la humildad, la moto..., la velocidad.
Y se pone serio. Y chupa la colilla. Y luego mueve la cabeza.

La gripe del año 18

Cuando la guerra del catorce está en su apogeo, don Bonifacio es destinado a Sepúlveda. Malos años. Años duros repartiendo su labor entre la parroquia de San Justo, como coadjutor, y la cárcel y también con las monjas. Al terminar la guerra llega de las trincheras la bocanada de la epidemia. La gripe inunda los pueblos y las ciudades de Europa convirtiéndose, quizá por primera vez, en un mal que conduce al cementerio. Don Bonifacio recuerda aquellos años con verdadero cariño.
–Era hermoso en el fondo, porque podías hacer la labor con plenitud, de verdad.
Confesaba, llevaba la Comunión, el Viático, iba de casa en casa con la posibilidad de llevar esperanza, mensaje, confianza, fe. Y multiplicó su labor porque no solamente era cura, sino padre, amigo y... recadista.
–Un día, una mujer se me acercó y me dijo llorando que su marido y los tres hijos estaban muy graves en la cama por la epidemia. Y encima también la criada se había puesto enferma. Yo lo arreglé en seguida y desde aquel día les llevaba la leche, la carne, el pan... ¡Era de conciencia!
Esperanza, confianza, cariño.
–Había que llevar auxilio espiritual, pero también había que llevar remedio material.
Luego cambia la seriedad por la sonrisa. Se le hacen muy chiquitos los ojos, palmea y exclama:
–¡Lo bueno fue que yo no cogí la gripe; con tanto ir y venir y visitar enfermos, ¡nada!, la Providencia...
En cierta ocasión tuvo que llevar el Viático a un enfermo, mordido por la epidemia. Cuando llamó a la puerta, la criada dijo:
–Me ha dicho el señorito que no pase, que usted anda siempre con los enfermos y que va a contagiar a los demás...
Don Bonifacio frunce el gesto y exclama:
–¡Sería...!, pero si a mí no me tocó nada.
La gripe pasó. Todo volvió a su cauce. Ahora, don Bonifacio recuerda sus días con los presos en la cárcel de Sepúlveda. Lo recuerda con cierta emoción.
–El encargado de la prisión se enfadaba conmigo porque les llevaba leche y tabaco...
Sigue hablando. Cita un caso, otro; el de aquel preso que le había pegado dos buenos tajos a la novia por aquello del sí y el no de las niñas. Le gustaba charlar con ellos, oír sus penas, sus propias opiniones.
–Un día me cansé y le pregunté al jefe de la prisión cómo se apretaban los grilletes de los presos. Me lo dijo, y luego voy y se los aflojo a todos. ¡Menuda! Pero es que aquello, con cadenas y grillos, no era humano, ¡caray!
Don Bonifacio enciende otro cigarrillo. Lo prende despacio, con un tiemblo en las manos. Entra el ama y le suelta que tiene que ponerse otra sotana. Don Bonifacio se enfada y dice que ésa está muy bien, que todo es de confianza. El ama se marcha y dice en tono cariñoso que el cura tiene el genio un poco picado. Don Bonifacio sonríe ancha, dulcemente, con una brizna de picardía en los labios.
–Ya lo dice el refrán, señores: genio y figura hasta la sepultura.
Don Bonifacio le guarda cariño a Sepúlveda, a los años que estuvo allí. Pero un buen día, después de trajinar en la parroquia, en la cárcel y como capellán en las monjas, se fue a ver al obispo y le pidió que lo llevara a un pueblo. Todos se extrañaron. Don Bonifacio suelta a copos el humo gris, el humo blanco de su pitillo negro.
–Estar con las monjas no tenía mérito. Lo bueno es estar en el pueblo, en la parroquia rural...

La historia del gobernador

A la una, don Bonifacio come. Desde que le operaron de una úlcera en el estómago hace comidas muy cortas. La ama, cansina y machacona, vuelve a insistir de que “lo hace por sacrificio”. Luego pone redonda la voz y exclama:
–¡Estuvo muy malito, entonces!
Don Bonifacio mueve la cabeza y sonríe.
–Yo no sé si estuve muy malo o no; lo que sí sé es que en Madrid, allí en la clínica del hogar sacerdotal, cuando me sacaron el estómago, les dije: ¡haced lo que queráis!
Luego vuelve a sonreír, mientras entra por el ventano una claridad blanca.
–Si es lo que yo digo ¡De aquellos años de Sepúlveda, de Rebollo, de Segovia..., no me queda nada!, yo ya estoy para pocos.
Después de comer, una siesta corta. Una siesta que a veces ni el título de siesta merece. Luego, el paseo y la partida. Más tarde vendrá el rosario...
Sobre la sotana se pone un abrigo, la bufanda, la teja. Agarra el bastón y dice:
–¡Vamos!
El tiempo no está nada de templado. Corren por el cielo las nubes prietas, las nubes de malos presagios. Habla del pueblo, de las gentes.
–Son gente pacífica, gente buena. Yo les conozco bien.
Se detiene un instante, golpea suave la cayada sobre un guijo del camino.
–¡En el pueblo se anda a la brecha de la gente!; es donde está la lucha cara a cara, ocurre igual que con los médicos.
Sigue caminando despacio, con paso corto, haciendo breves ondulaciones al andar.
–Me fallan las piernas y un dolor aquí, en el costado. ¡Con lo templao que andaba antes!
Y se pone a sacar viejos recuerdos. Cuando llegó la República, don Bonifacio mandó a los maestros del pueblo una nota en la que pedía que pusieran de nuevo los crucifijos. Al día siguiente, en la prensa de Segovia se hablaba del párroco de Sebúlcor que repartía octavillas clandestinas... Don Bonifacio se puso furioso. Cogió el morral y se marchó corriendo a Segovia, a ver al gobernador. “¡Usted es un granuja!”, fue lo primero que el cura le soltó al gobernador, después de aguardar dos horas de antesala. “Yo no reparto nada clandestino”. El gobernador se encaró entonces con él, citándolo como cabecilla del pueblo. “Yo solamente me ocupo de mi casa, de la iglesia y de la salvación de las almas”. El gobernador le amenazó con llevarle a la cárcel.
Don Bonifacio se detiene en el camino, junto al mojón. Pone la mirada larga sobre el blando horizonte de los campos.
–¡Sería granuja!, llevarme a la cárcel por poner el crucifijo en las escuelas...
Luego suelta una risita breve y sigue apoyándose en la cayada.

Tertulia a media tarde

Sopla el aire del norte. Llega helado y muerde las carnes. Don Bonifacio se vuelve y contempla el pueblo, medio dormido, quieto, tremendamente silencioso.
–Es hermoso el pueblo así. Yo, la verdad, si vuelvo a nacer, o me quedo en el pueblo o me marcho a Misiones...
A este cura de pueblo, humilde, de pasitos cortos, de palabra bien entonada, le ha gustado mucho viajar, conocer.
–Una vez fuimos a Lourdes, y luego pasé a Roma, a Padua, a Niza... De España lo conozco todo menos Andalucía.
Vuelve del camino, desandando sendero. Y se pone serio.
–¡Me voy a ir de esta banda sin haber estado en Andalucía!
Cerca de las escuelas, vuelve a recordar la historia del crucifijo.
–Entonces yo era duro, muy templao... ¡Mira que quitarme los crucifijos de las escuelas!
La mesa camilla, la estufa con serrín, las ventanas que dan a la plaza. Algunas tardes, don Bonifacio, el señor cura, va hasta la casa del médico y allí organizan, con el secretario, una partida de “subastao”. El médico es un hombre grande, de palabra dura, un tipo humano de arriba a abajo.
–Oye, que tengo aquí un dolor desde hace días.
El médico se vuelve y le sonríe.
–Nada, don Bonifacio, que eso se va con unas friegas de fresno.
–¿Tú crees?
Han sacado la baraja, unas tazas de café, unas copas, unos cigarros.
–A espadas...
–Yo quiero hacerle fallar a don Bonifacio...
–¡Quiá!
–Voy a hacer un renuncio...
El secretario y el médico no saben a qué santo se encomienda el señor cura para ganarles todos los días. La partidita es modesta. A céntimo por tanto. Mientras echa las cartas, da y toma, don Bonifacio habla de su máxima ilusión. Las Bodas de Oro que acaba de celebrar. Llegaron gentes de Madrid, de Segovia. Un general, condiscípulo. Iban a venir dos obispos que fueron compañeros suyos en el seminario. Pero el Concilio los detuvo.
–A bastos...
–Renuncio.
–Cien.
–Ciento doce...
Don Bonifacio se gastó en sus Bodas de Oro todos los ahorros de su vida.
–Quería que aquello fuese una cosa grande. No por nada, sino porque en los pueblos nos consideran mezquinos, raquíticos. ¡Y no es verdad!; en los pueblos hay corazón y buen espíritu... Por eso me gasté todos mis ahorrejos y di una comida en Cantalejo para los invitados y luego se repartió dinero entre los pobres.
Mariano Benito, el médico, tercia, sonriente.
–¡Pero si ya no hay pobres!
–Natural que hay pobres. ¡No fuera mala que no los hubiera!
Don Bonifacio acaba de ganar tres partidas seguidas. Ni el médico ni el secretario saben a qué santo se encomienda el señor cura. Don Bonifacio pone una risita breve en su rostro y dice:
–Estas ganancias no van a ningún sitio. Además, la Biblia lo dice bien claro: “No procuréis tener dinero que es para los ratones y para las orugas...”.
Se pone serio. Recuerda sus cortas escapadas al balneario de Liérganas, en Santander.
–Allí había una señora más que millonaria y siempre estaba triste ¡Cómo no iba a estar triste si lo que cuenta no son los millones, sino la paz con uno mismo, el caminar hacia Dios, el santificarse cada día un poco!
Le gusta Madrid. “Su” Madrid va desde San Bernardo a la Puerta del Sol.
–No conozco más, pero me gusta mucho.
El médico y el secretario bromean con él. El progreso, las motocicletas, el cine, el teatro.
–Yo no voy contra el progreso, ¡qué va!; lo que pasa es que hay una serie de principios fundamentales que son eternos, de siempre. Ahora, los curas van al cine y al teatro. Me parece bien si son decentes las obras... ¡nada más!, no pongo otros obstáculos.
La tarde va cayendo sobre este pueblo hecho de silencios, marcado por la soledad, perdido en plena llanura segoviana. Queda a un lado Cantalejo, al otro Sepúlveda. Tierras de cereal, de resina, de pinar.
Vienen las dos hijas del médico a saludarle. Le besan la mano. Le brillan los ojos a don Bonifacio.
–Los niños son lo más grande en el mundo. Lo decía Jesucristo: “Dejad que los niños se acerquen a mí...”.
La tarde cae a plomo, llena de silencios, llena de soledad, sobre el pueblo silencioso y solitario. Pregonan a lo lejos que hay pescado fresco, muy fresco.
El Elías, sacristán, hijo, nieto y bisnieto de sacristán, echa abajo la cuerda del campanario. Ahora toca para el rosario. Don Bonifacio entra en la iglesia con pasito corto y breve. Dan la una, las dos, las tres... Van llegando las mujeres, las mozuelas, los niños... El cura se queda en la sacristía. Y con la última campanada del Elías sale al altar. Igual que hace cincuenta años.


Artículo rescatado del olvido por J. Carlos Santa Engracia Blasco

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Uge eugeniochg

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1 Personas han dejado sus comentarios:

  1. Todavía me acuerdo de los pellizcos que me daba en los carrillos por no ir a la iglesia, entre el y mi abuela me tenían frita.
    No son buenos recuerdos ni aunque hayan pasado más de 50 qños

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