AGONIZANTE NORDESTE

Desde que vivo en Sepúlveda, escucho frecuentemente, a primera hora de la mañana, las campanas de San Bartolomé tocando a muerto. Por el contrario, resulta infrecuente oír en las conversaciones cotidianas la feliz noticia de un nacimiento. Unidos estos dos hechos —el elevado número de fallecimientos y la baja tasa de natalidad— es sencillo pronosticar el futuro. Por desgracia, esta tendencia regresiva se agudiza, salvo contadas excepciones, en todo el Nordeste de la provincia.
Corroboro mi funesta intuición en una visita a Pradales, que tiene el dudoso privilegio de liderar la lista de pueblos que mayor población ha perdido en 2009. En Pradales busco, sin éxito, algún lugareño. Solo se mueven los aerogeneradores. Por fin, oigo balidos de ovejas. Un pastor, marroquí, me certifica que el pueblo ha muerto, al menos los laborables.
De camino a Segovia, el alcalde de Navares de las Cuevas, Vicente Robisco (PP), me hace un vaticinio apocalíptico. “Dentro de una década, los de este pueblo nos reuniremos una vez al año, en verano, para decidir qué empresa de seguridad se encargará de vigilar nuestras casas; aquí no vivirá ya nadie a diario”.
El Nordeste agoniza. Es un hecho. En este estado de la cuestión, ha sacado los pies del tiesto José Antonio Martín, el alcalde socialista de Campo de San Pedro, dispuesto a que su pueblo acoja un cementerio nuclear —aunque luego ha rectificado, dos veces—. Me intriga saber qué impulsa a un alcalde a solicitar una instalación maldita, que nadie quiere a la puerta de casa. Él contesta con una afirmación dramática: “Ninguna administración pública se ha planteado las necesidades reales de esta comarca”.
Los ayuntamientos del Nordeste —todos, independientemente de su signo político— emprendieron hace años una desbocada carrera por mejorar los servicios a los ciudadanos. Querían mejor sanidad, mejor educación, mejores infraestructuras… Con mayor o menor fortuna, lo han ido consiguiendo. Pero no han logrado atajar los dos principales problemas de la comarca, la despoblación y el envejecimiento de sus residentes. Y ningún ayuntamiento, ni siquiera los más grandes, tiene capacidad económica para afrontar un reto de ese calibre. Tampoco Codinse, que a pesar de sus encomiables esfuerzos por impulsar pequeñas iniciativas empresariales, no ha logrado frenar la sangría poblacional.
Se quiera o no, hace falta ayuda urgente. Hace falta un tejido industrial capaz de crear empleo. Y hace falta ya, no dentro de diez años. Pero el panorama no es nada halagueño.
Si se analiza la evolución de la obra pública de las administraciones (Diputación, Junta, Estado) en la provincia durante las últimas décadas, dan ganas de llorar. En 2009 —de enero a noviembre— Segovia figuraba a cola, entre todas las de Castilla y León, como publicaba El Adelantado el 21 de diciembre.
Es cierto que la Diputación acaba de aprobar su Plan Estratégico Provincial, sí, y que en el mismo se contempla la creación de un “órgano de promoción y gestión de suelo industrial”, pero no es menos cierto, como denuncia el socialista Juan José Sanz Vicente, que tal pretensión no cuenta, de momento, con partida presupuestaria.
De la Junta tampoco se puede esperar mucho. Tal vez Segovia deba seguir expiando su tardía incorporación a Castilla y León, resuelta “por motivos de interés nacional”, según reza la Ley Orgánica 5/1983, de 1 de marzo.
¿Qué decir de Zapatero?. Es el único que puede salvarnos de nuestros pecados. Con cuatro millones de parados, por fin ha encontrado la política correcta, que no es otra que ir a rezar con Obama. No se sabe si en sus oraciones citó al Nordeste, pero yo apuesto a que no.

FUENTE:
EL ADELANTADO DE SEGOVIA
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Uge

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