LOS BRUJOS

En la comarca desde antiguo se conoce a Sebúlcor como el pueblo de los brujos, aún hoy al cruzarte por la calle con alguien de otro pueblo no es raro que te diga "¿que hay brujo?". Esto se debe al uso, que determinadas personas han hecho sobretodo de plantas y algunas otras sustancias mezcladas con cierta dosis de superstición para procurar una mejora en la salud tanto física como espiritual de sus convecinos y de todo aquel que lo solicitara.
A continuación citaré partes de un artículo aparecido en "El Adelantado de Segovia" con fecha de 16 de Mayo de 2001, firmado por Guillermo Herrero titulado "El ultimo curandero":

Todavía queda allí (Sebúlcor) un hombre, M. T., "que sabe curar con hierbas y  rezos" ...reconoce que sus remedios han aliviado durante décadas muchos males a sus vecinos. El fue resinero. Y allí en el pinar, mientras recogía la miera se licenció en botánica. "Tuve un olfato excelente. Olía un poco y ya sabía que plantas o que animales había por allí".

El dia de la Ascensión, "a la hora nona" mientras el pueblo de Sebúlcor se congregaba en su iglesia, T. marchaba al campo a recolectar hierbas. Era un momento mágico. Las plantas que se cortaban a esa hora tenían efectos sanadores. El curandero se proveía de las mas diversas especies, desde el beleño hasta el trigo. Todas juntas iban aparar a un frasco en el que luego irían disolviéndose hasta formar un liquido negruzco, sin nombre, que era "divino" para las heridas.
... Para los forúnculos o diviesos, lo mejor era un ungüento de cera, miera virgen, manteca y aceite. Después de calentarse al fuego, se aplicaba en el lugar exacto. "Chupaba toda la broza", señala T.. También quitaba clavos, con un sencillo ritual: "tantos clavos tantos ajos. Se hace una ristra y se tira en el campo. Y cuando se secan los ajos los clavos han desaparecido". Otra opción era tirar a un pozo tantos garbanzos como clavos tuviera la persona.
Las anginas tenían también su pronta curación. T. cogía la palma de la mano derecha del paciente y aplicaba un masaje en la muñeca. Luego ataba un cordoncito de lana, a modo de pulsera. Y adiós anginas. Para el catarro, había que beber una jarra de vino con un poco de manteca. "sabe muy mal, pero el catarro se marcha enseguida". Y si se trataba de acabar con las antaño frecuentes lombrices en el ano, el remedio ideal era "comer pan tostado y tirarse pedos".
Una de sus especialidades era adivinar si habian echado a una persona "mal de ojo". "Era necesario traer un poco de pelo de esa persona o un trozo de una prenda que hubiera estrenado", dice. El misterioso rito también valía para animales, solo que en este caso se utilizaba una pluma o un mechón de pelo.
En épocas de escasez, que el ganado disfrutara de buena salud era primordial para que una humilde familia pudiera salir adelante. Por eso se recurría a colocar amuletos en el cuello de los animales para asegurar su protección. Sebastián de Covarrubias, en su "Tesoro de la Lengua Castellana o Española" (1611), ya hablaba del uso de nóminas y Evangelios para lograr ese fin.
Las personas también solían portar amuletos supersticiosos. Para curar las almorranas, por ejemplo, se llevaban en una pequeña bolsita varias plantas, de las que T. no recuerda su nombre. "Cuando se secaban las hierbas, mejoraban las almorranas", sentencia el curandero.
Uno de los peligros a los que tenían que hacer frente los resineros en el pinar era el de las picaduras de alacranes. "Si te pica uno, hay que cogerlo rápidamente y machacarle. Luego te lo pones encima de la picadura y se va el dolor". Viviendo del pinar, los resineros aprendieron a aprovechar todos sus recursos. El "guardilobo" era bueno para pescar. "se echaba en un bodón, se zumbaba un poco el agua, y los peces subían para arriba", dice.
Al amanecer el día de San Juan, T. recogía manzanilla. La tradición también marcaba esa fecha para cortar la flor del helecho. "Había que luchar contra fieras esa noche para llegar a ella", asegura T., quien al punto explica: "Es un chiste, porque el helecho no tiene flor". Para eliminar a los molestos ratones de las casas, lo mejor era usar la raíz de la cicuta, "machacada", y si se trataba de sanar de una gripe, las acederas y los acederones mostraban sus poderes curativos.
 "Ahora, con tantos insecticidas que echan al campo, muchas de estas plantas se han echado a perder", lamenta T., que también sabe de las propiedades medicinales del agua de la fuente de La Salud, en Sepúlveda, o de otra fuente que desapareció bajo las aguas del pantano de Maderuelo.
Las embarazadas también recurrían a este curandero de Sebúlcor para que vaticinara el sexo de la criatura. Para ello metía una perra gorda por la blusa de la mujer, que se aflojaba la ropa hasta que caía la moneda. "Si salía culo sería chica, y si quedaba de cara, chico". Pero a pesar de su sabiduría, T. asegura que no tiene remedio para todos los males...

También existe la leyenda de que cuando se aproximaba una tormenta se tocaban las campanas de la iglesia y el tañido de estas "espantaba" al nublado.
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Uge

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